1.10.14

CHINA

中国



A los cuatro días de estar en China ni la suciedad es tan sucia, ni los chinos tan iguales.
 En pocos días comprendes que el ser humano no necesita demasiado espacio vital, que las colas pueden ser una prolongación más de tu cuerpo y que casi todo en esta vida es cultural 
y responde atentamente al cristal de la lente con el que miras.

Las cosas que creías saber sobre el país del medio se convierten en pinceladas muy difusas y te transformas en un niño asombrado con todo lo que descubre a su alrededor. Siempre es bueno viajar con las gafas de cerca de un niño y en China, inevitablemente te sorprendes, te asustas, te repugnas y te entusiasmas como un niño.

Mi primer libro sobre China fue como a los diez años y a ello le sucedió un exhaustivo análisis sobre cualquier tema asiático, llamémosle obsesión. Así que de este modo aterrizaba yo en el aeropuerto de Beijing, con la cabeza bien alta de quien se las sabe todas. A medida que fueron pasando los días, lejos de constatar nada, mi absoluta ignorancia fue a más. Y poco a poco me fui sintiendo más y más pequeña, más alumna y más niña.

China te deja con la boca bien abierta. Cualquier definición de gigante se quedará corta y cualquier orgullo estúpido de superioridad se desvanecerá a orillas del río Amarillo. Paradójicamente, vuelvo a casa entendiendo algo más el mundo. Sintiendo que las diferencias entre las personas son más kilométricas que cualitativas y que al final, a todo nos podemos acostumbrar. 
Es cuestión de querer aprender.



BEIJING, CHINA